WILBERTO, LA TUBA Y EL MAR: HISTORIAS DE CARTAGENA

Son las 5:15 de la mañana, aún a oscuras, las murallas de Cartagena de Indias sirven como escenario de un concierto cuyo público es el más exclusivo de los invitados: el Mar Caribe que atento escucha a una vieja Tuba de uno de sus hijos.

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Por:     @DiegoAreiza

 

De esos personajes que abundan en Cartagena, la de indias, Wilberto Garrido Castro, un bolivarense de 66 años, pareciera salido de una novela cuando madruga todos los días y a las cinco de la mañana sobre la muralla de Cartagena le toca con su vieja Tuba al océano.

 

Nació junto al Mar Caribe, en su voz se distingue el tono entusiasta del verdadero costeño, lleva presente siempre su juventud mientras recuerda con nostalgia que creció en una gran ciénaga en donde, junto con sus siete hermanos, todos los días ayudaba a su padre a sacar el pescado para el almuerzo y la cena.

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Por cuestiones de la vida y no por herencia terminó aprendiendo a tocar la Tuba, un instrumento de viento mayor que lo llevó a hacer parte de la Banda Departamental de Bolívar. Durante más de 25 años llevó su música junto a la banda a diferentes lugares del Caribe colombiano hasta que se pensionó en el año 2004.

 

Ya son más de 11 años madrugando, llegando antes del amanecer a tocar sobre la muralla de Cartagena, siempre con la vista puesta en el mar. Solitario practica ejercicios con el fin de mejorar cada vez más su nivel de interpretación. Cuenta que mañana tendrá una presentación con la banda de sus amigos en un importante Centro Comercial de la ciudad.

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Todas las mañanas, luego de tocar su Tuba se va a hacer las diligencias de sus padres de 92 y 86 años, con quienes aún vive. Como buen costeño comenta que la buena salud de la que gozan sus padres y él mismo se debe a que siempre consumen alimentos frescos como el pescado recién sacado del mar.

 

Wilberto, añade que hasta el último de sus días seguirá yendo a la muralla a tocar y que lo hace en ese lugar por dos razones, primero para no hacerle ruido a los vecinos y segundo, porque la acústica es mejor para los oídos; sin embargo, en sus ojos y su alegría es evidente que va a la mítica fortificación con el fin de tocarle a su viejo amigo: el mar.

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